Durante 2020, este departamento fue el segundo más deforestado, un problema que se ha generado por la ganadería extensiva y la producción de cultivos de uso ilícito. Así es como algunas familias de la región cambian su economía, mientras ayudan a proteger el Parque Nacional Natural Alto Fragua Indi Wasi.

Sergio Daza / El Espectador
Las abejas meliponas, nativas de la Amazonia, están empezando a tener un impacto en la economía de familias en Caquetá.

La primera vez que G.* vio una planta de coca tenía ocho años. Su padre fue el primero en mostrarle aquellas semillas que lo acompañarían por años. Cuando tenía 18 sembró su primer cuarto de hectárea. “Ahorita tengo 47 años, y no quiero saber nada de la coca”, dice desde su finca, en la vereda El Prado, a tres o cuatro horas de Florencia en carro, en donde vive con su esposa y tres de sus hijas. Sembró plantas de coca durante 10 años, hasta que, en palabras suyas, se dio cuenta de que corría riesgos muy grandes. G. la sembraba, la procesaba y la comercializaba por Belén de los Andaquíes. Si nadie le compraba allí, entonces se iba hasta Florencia. Pero en 2005 dejó de hacerlo, y para siempre.

“Tenía unos gramos de coca que encaleté en racimos de plátano. Me dirigía a Florencia, y le dije a la mujer que envolviera los gramos de coca de tal manera. Pero resulta que había un retén de la Policía y el Ejército en la carretera, nos pararon a todos para vaciar bultos de plátano y de yuca”. Esa vez el Ejército no le encontró nada, pero fue suficiente para que G. le dijera a su esposa que dejaba su lugar libre para que otros comercializaran coca. Acabó las matas y empezó a vivir de la siembra de pasto y el cultivo de plátano. “Los cinco hijos que he tenido los he criado sin necesidad de la coca”.

En 2021 la fuente de sus ingresos empezó a ser otra. Entre las 11 hectáreas de su finca tiene un espacio en el que cría 21 colmenas de abejas meliponas. Las meliponas son abejas sin aguijón que viven en ecosistemas tropicales, desde Argentina hasta México. Para producir un miligramo de miel se necesitan aproximadamente mil flores, por lo que “es una labor titánica la que hacen las abejas al producir una onza de miel”, afirma el biólogo PhD Daniel Villamil, quien es parte del equipo de Amazon Conservation Team (ACT) en Colombia y hace acompañamiento a 60 familias en Caquetá que están empezando a criar abejas.

Quien le dio la idea de cultivar abejas a G. fue Ubency, un campesino que vive en la vereda de Los Ángeles desde hace cinco años, junto a su esposa y sus hijas, y quien también es parte de ACT. Cada día revisa los árboles de su finca y cuando los ve florecer o con nuevos frutos sabe cuál es el motivo. “No sabía qué función cumplían las abejas, no les ponía cuidado, no sabía que sin polinización no habría frutos”. Creció viendo a sus padres y a sus vecinos extraer la miel de las colmenas que encontraban en el monte y dejándolas botadas. Hoy, en cambio, recibe en su casa a los niños y las niñas de la escuela de la vereda y les enseña la importancia de cuidar el bosque para protegerlas. “Si una hija me ve tumbando un palo a la orilla de la quebrada, va a hacer lo mismo”, afirma.

G. recuerda que a principios del año pasado “vino Ubency y me dijo que cogiera unas abejitas, que eso servía para la conservación” y que habría un comercio para la miel. Su meta, para finales de este año, es tener 50 colmenas. ¿Por qué 50?, “porque 50 colmenas, haga de cuenta que es como tener tres vacas”.

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Para producir un miligramo de miel se necesita el nectar de aproximadamente mil flores.

Zonas de amortiguación

La finca de G. y la finca de Ubency quedan en lo que se denomina como zonas de amortiguación o de amortiguamiento, es decir, zonas aledañas a áreas de conservación que apoyan la protección. Ambas fincas quedan en zonas de amortiguación del Parque Nacional Natural Alto Fragua Indi Wasi, sobre la cordillera Oriental. La deforestación que se hace a su alrededor, por ejemplo, afecta los nacimientos de agua en el Parque. 

Carolina Gil, directora del programa Noroeste de ACT, asegura que el concepto de conservación es más que tener áreas protegidas. “Cuando estamos hablando del cuidado integral de un territorio, no solamente es que la gente tenga agua, sino que de ese bosque dependen otras especies que también son muy importantes y que nosotros deberíamos honrar. Y las abejas meliponas son un indicador clave en la salud de ese territorio”.

Uno de los puntos importantes de la conservación, para Gil, es que se integre a las comunidades en las actividades de protección del ecosistema. Afirma que si la meliponicultura resulta trayendo excedentes a la economía familiar, las personas van a empezar a tener una relación distinta con el entorno, viendo que “no necesariamente hay que talar y tumbar todos los árboles” y que hay otras posibilidades menos conflictivas de subsistencia.

Lo que normalmente hacían las familias que ahora tienen melipocultivos ni era atacar, quemar o quitar los paneles de abejas que encontraban en sus fincas o en los árboles que talaban. En parte, porque creían que eran las mismas abejas con aguijón. Por eso Villamil añade que “al darle oportunidades reales a la gente nos garantiza que, en lugar de estar generando presión al Parque, ayudan a reducir los impactos de otras actividades”.

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La semana pasada se firmó un acuerdo en la Zona de Reserva Campesina La Perla Amazónica.

Reconstruir el tejido social

A G. le han ofrecido que vuelva a sembrar plantas de coca en su finca, pero él dice que sabe que por la coca matan mucha gente, que los “grupos armados amenazan a los cultivadores” y se pelean el mercado, la siembra y la producción. Asegura que si llegan grupos armados a la región, “es mejor no tener coca”, para evitar entrar en esas disputas. Y añade que, incluso, si lo volviera a hacer y mañana el Gobierno “da la orden de acabar la coca, se viene una avioneta y, ¿a quién afecta? Así estamos bien por ahora”.

Villamil es claro en que la Amazonia se “encuentra muy amenazada por el actual modelo de producción, que se centra en la ganadería extensiva y en la producción de cultivos de uso ilícito”. Y es que en 2020 Caquetá fue el segundo departamento más deforestado en Colombia: de las 170.000 hectáreas que se deforestaron ese año, el 70 % se concentró en Meta, Caquetá, Guaviare, Putumayo y Antioquia. Además, la expansión de la frontera agrícola en el departamento abarca un impreciso 16 % del territorio, un porcentaje que, al parecer, aumenta día a día.

Sergio Daza / El Espectador
Niñas y niños de la vereda Los Ángeles están aprendiendo el proceso de la meliponicultura.

Estas formas de producción son conflictivas, también a nivel del ecosistema, porque, afirma Villamil, “en el Amazonas la vocación del suelo no es agrícola, no es ganadera. Entonces realmente no es tan productiva como en otras áreas y sí tiene un impacto ecológico muy grande. Otros modelos como la agroforestería, asociada a la cría de especies como las abejas nativas, pueden estar teniendo un impacto muy importante sobre las economías de las comunidades, además de estar preservando el medio ambiente”.

Tanto Gil como Villamil coinciden en que los proyectos de agroforestería, como la meliponicultura, la siembra de castañocacao o de frutos del bosque, además de ser una alternativa económica para las comunidades y a la vez una forma de conservación ambiental, crean un fortalecimiento social, pues son actividades en las que pueden participar niños y familias, que incluso empiezan a garantizar la seguridad alimentaria en esas zonas de pie de monte.

*El nombre de la fuente fue cambiado para proteger su identidad.

*Este artículo es publicado gracias a una alianza entre El Espectador e InfoAmazonia, con el apoyo de Amazon Conservation Team.

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