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Protegernos del cambio climático, lo que les debemos a los indígenas

Mientras en Colombia la llegada de la minga a Cali despertó varios señalamientos, a escala internacional la ONU lidera un panel con indígenas para conocer cómo aprender de ellos para afrontar las peores crisis ambientales.

Esta semana, del 11 al 14 de mayo, ha sido importante para la lucha contra el cambio climático porque se está desarrollando la Semana del Clima de América Latina y el Caribe 2021, liderada por Naciones Unidas. El viernes está anunciado un panel clave: el del rol que tiene el liderazgo de los indígenas en las soluciones basadas en la naturaleza. Aunque son muchas las opciones que se han presentado bajo la baraja de combatir el cambio climático, esta última, la de soluciones basadas en la naturaleza, ha ganado fuerza durante los últimos años. La lógica detrás es bastante sencilla: garantizar la conservación y restauración de los ecosistemas para que sean sus funciones naturales las que ayuden a reducir las emisiones. Los indígenas, quienes han habitado de manera más sostenible estos ecosistemas, son quiénes tienen el conocimiento de cómo hacerlo mejor.

Pero esa atmósfera que se vive a escala internacional dista mucho de lo que se ha vivido estas semanas en Colombia. La llegada de la minga a Cali destapó el desconocimiento que existe sobre su rol no solo en diversidad cultural, sino como los principales actores para enfrentar las dos próximas y peores crisis: el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

No solo lo ha advertido el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), donde se reúnen los expertos para dar insumos científicos sobre el tema, sino su equivalente en temas de biodiversidad: la Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos. En pocas palabras, ambas han encontrado lo mismo: el conocimiento que tienen los indígenas al depender localmente de los ecosistemas y la forma como lo han pasado de generación en generación, es lo que nos ha protegido de enfrentar una crisis ambiental peor. Además, nos servirá para saber cómo mitigar futuros cambios.

Aterrizar estos pronunciamientos a Colombia no es sencillo. Pero Diana Quigua, investigadora de la línea étnico racial de Dejusticia, da un ejemplo que lo describe bastante bien. La presencia de los cuatro pueblos indígenas en la Sierra Nevada de Santa Marta (los arhuacos, los wiwas, los kogis y los kankuamos) ha garantizado la protección de este territorio bajo la idea del espacio sagrado de la línea negra. Los indígenas contribuyen a la salud de todos esos pisos térmicos que dan a una diversificación de ecosistemas y que se traducen, solo por mencionar algunos, en agua para los acueductos de ciudades cercanas y mejor calidad de aire. Por arrojar algunas cifras, un estudio realizado en el 2010 por investigadores de la Universidad del Magdalena estimó que el agua de la Sierra representaba un beneficio bruto de $225.000′000.000 al año para 2009 y que el monto en producción de alimentos era de $306.032′441.056.

Hablemos también del Cauca, sus indígenas y la conservación. Según el Registro Único Nacional de Áreas Protegidas (RUNAP), en el departamento hay 132 áreas protegidas que suman 284.996 hectáreas. La más reconocida, por su tamaño, quizás, es el Parque Nacional Natural Serranía de los Churumbelos Auka-Wasi que, aunque comparte territorio con otros departamentos, está en casi el 95 % del Cauca. En esta área protegida, por ejemplo, habita los pueblos yacona, andaquí e ingas. Además, en el departamento está el Consejo Nacional Indígena del Cauca (CRIC), que representa a 114 cabildos y 84 resguardos legalmente constituidos de ocho pueblos, y la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN), que cuenta con 19 cabildos indígenas (16 constituidos como resguardos).

Quigua, de Dejusticia, asegura que estos pueblos, los indígenas del Cauca, han cumplido un rol en fortalecer la soberanía alimentaria de Colombia, pues es una de las regiones más ricas en términos agroecológicos. Su idea es respaldada por Álex Mestizo, coordinador de Tejido Territorial Económico Ambiental de ACIN Cxab Wala Kiwe. “Nosotros no solo protegemos la tierra, sino que producimos comida de una forma que ahora llaman agroecología. Lo hacemos a través del sistema Nasa Tul, que en otras partes llaman chagras, cultivando alrededor de la fase de la Luna, de los tiempos de la tierra y es comida para compartir con otros sectores y ciudades”, comenta. “Ese sistema de producción es amigable con la madre tierra y hace que se mantenga el equilibrio y la armonía de la tierra con los seres vivos”. Para ponerle perspectiva, y entender por qué sus palabras se relacionan con la lucha climática, es necesario recordar que en Colombia el 23 % de las emisiones las aporta el sector agropecuario.

De hecho, en 2020 el consorcio de investigación internacional Ceres2030, tras revisar 100.000 artículos científicos en coordinación con 78 expertos, publicó los resultados de un estudio que comenzó en 2015. Así encontraron que los pequeños agricultores, como los indígenas, iban a tener un rol fundamental en superar el hambre en el mundo.

Como lo señaló WWF en un informe de 2020, “el aporte de los pueblos indígenas al país es invaluable”. “Hay 102 pueblos indígenas distribuidos en diferentes zonas del país, en territorios que suman más de 26 millones de hectáreas. La propiedad colectiva de los resguardos indígenas representa aproximadamente el 46 % del bosque natural en Colombia, determinante para la protección y provisión de agua de las ciudades y la producción agrícola en la región Andina, así como la conservación de áreas de gran valor natural y para la provisión de agua como la Sierra Nevada de Santa Marta”.

¿Y si el cambio climático empezó con el colonialismo?

Cualquier explicación sencilla sobre el cambio climático y cómo este se disparó por la actividad humana apuntará a decir que la catástrofe comenzó con la Revolución Industrial. Este período se convirtió en el punto de quiebre, precisamente, porque según el IPCC las actividades industriales que comenzaron entonces y de las que seguimos dependiendo, “han elevado los niveles de dióxido de carbono atmosférico de 280 partes por millón a 414 partes por millón en los últimos 150 años”.

Sin embargo, los orígenes más profundos del impacto humano en el cambio climático podrían ser rastreados al colonialismo. Esto lo explica Paulo Ilich Bacca, PhD en estudios sociojurídicos de la Universidad de Kent (Reino Unido) y director de la línea de Justicia Étnica y Racial de Dejusticia. “Hay evidencia científica que señala que el calentamiento global empezó a ganar una particular fuerza en el siglo XV, lo que coincide con la colonización de las Américas. La afectación antropogénica sobre la tierra fue dramática y también se dio la primera ola de extractivismo de minerales”, comenta. De alguna manera la lógica indígena de cómo relacionarse con el ambiente fue desapareciendo, mientras la economía política de lo colonial ganó protagonismo.

“En Colombia hay más de 20 millones de hectáreas de resguardo y, casi todas, son ecosistemas estratégicos”, recuerda Mateo Estrada, asesor en tema ambiental y cambio climático de la coordinación general de la Organización Nacional de los Pueblos Indígenas de la Amazonia de Colombia. Pero que los indígenas estén en área estratégicas no es entonces una coincidencia, sino que obedece más bien a que son los lugares que en Colombia y el mundo ellos supieron gestionar y conservar. Utilizar sin acabar. Ahora, cuando gran parte de los ecosistemas se han transformado y se convirtieron en emisores de carbono, los territorios de los indígenas se convirtieron en una especie de “parches de salvación”.

”Un elemento central de los Nasa, por ejemplo, ha sido oponerse al extractivismo para evitar consecuencias negativas a nivel social y ambiental en su territorio”, comenta Quigua. “Pero al proteger su territorio no solo lo han blindado, sino que han asegurado los servicios ecosistémicos para las ciudades y toda la humanidad. El problema es que es una lucha que dan por todos pero en demasiada soledad, con amenazas, sin ser reconocidos como un interlocutor por parte de los gobiernos que, en este caso, les pidió que se devolvieran a sus resguardos”. Y es que no solo se trata de que los indígenas hagan presencia en sus territorios, sino que tengan figuras de protección.

Un informe realizado en 2016 por el World Resource Institute (WRI), que analizó la región amazónica de Bolivia, Brasil y Colombia, encontró que en territorios donde los pueblos tenían títulos de propiedad sobre sus tierras, las tasas de deforestación eran dos o tres veces más bajas que en áreas con bosques similares (en Colombia el sector forestal contribuye al 36 % de las emisiones, siendo la deforestación la que más aporta, con un 40,5 %).

“Los pueblos indígenas han sido muy generosos con los no indígenas, o con la cultura occidental, en la medida en que han incorporado su pensamiento e incluso el derecho internacional. Por el contrario, nos ha faltado a los no indígenas esa reciprocidad para tomar en serio sus cosmologías y, dentro de eso, el derecho propio”.

*Infoamazonia es una alianza periodística entre Amazon Conservation Team y El Espectador.

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