: De las montañas del Caquetá a Dubái: así son las clases de uno de los mejores profesores del mundo

De las montañas del Caquetá a Dubái: así son las clases de uno de los mejores profesores del mundo

19 de March de 2019

El profesor Colombiano Luis Emiro Ramírez está nominado al Global Teacher Prize Concert por sus clases de informática en una escuela rural de Florencia, Caquetá. El proyecto educativo que lidera les ha cambiado la forma de pensar a cientos de jóvenes campesinos que cada día aprenden a usar la ciencia y la tecnología para solucionar los problemas cotidianos en sus fincas y mejorar así la calidad de vida de sus familias.

 

Por Juan Miguel Hernández (jmhernandez@elespectador.com)

Luis Emiro Ramírez es uno de los 50 mejores profesores del mundo. Sus clases de tecnología e informática en la Institución Educativa Avenida El Caraño, una pequeña escuela pública rural a media hora de Florencia, Caquetá, en el suroriente de Colombia, son hoy un referente pedagógico internacional. La Agromática, el proyecto educativo que lidera, ha cambiado la forma de pensar de cientos de jóvenes campesinos, que cada día aprenden a usar la ciencia y la tecnología para solucionar los problemas cotidianos en sus fincas y mejorar así los ingresos y la calidad de vida de sus familias. El profe Emiro, como le dicen sus estudiantes, está nominado al Global Teacher Prize Concert, una especie de “Nobel” de maestros, que se entregará el próximo sábado 23 de marzo en Dubái. El docente ganador recibirá un premio de un millón de dólares.

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“Vanessa, Jessica, Camila, recojan las carteleras por favor. Las pueden dejar ahí, encima del mueble. Las maletas y las loncheras organizadas. Silencio. Sentados. Vamos a comenzar… Fidel, ya no más con el celular o desconecto el wifi. Todos se salen de Facebook. Polanía, Cardoso, ayúdenme con los computadores y las tabletas para sus compañeros”.

Así transcurren los primeros minutos de su clase. Como el resto de docentes de la institución y del país, Luis Emiro tiene que luchar día a día contra las redes sociales para obtener la atención de sus alumnos. Sin embargo, antes de que él llegara a la escuela, en esa región del Caquetá ubicada solo a 15 kilómetros de la capital del departamento, no había internet.

El profe Emiro decidió construir una antena artesanal con señal de ondas e instalarla en la cima de una de las montañas que rodean la escuela que alguna vez tuvo cultivos de coca y fue fortín y refugio de los grupos armados. Por esas estribaciones de la cordillera Oriental se paseaba el bloque Sur de la antigua guerrilla de las Farc, liderado por alias “Joaquín Gómez”. A pesar de que ninguna empresa de comunicaciones ha llegado aún hasta las 46 veredas del corregimiento el Caraño, los casi 500 estudiantes de la escuela y sus familias ya pueden comunicarse, aprender idiomas, y conocer el mundo a través de internet.

Comienza la clase del profe Emiro; el salón de informática que funciona al tiempo como laboratorio tecnológico, zona de juegos y centro de monitoreo de desastres naturales se llena de jóvenes. En esta ocasión, estudiantes de varios cursos de bachillerato están dispuestos a mostrar un poco de lo que han aprendido en los últimos años. Por las ventanas del aula se asoma, en silencio y con curiosidad, un grupo de niños más pequeños. Son las 10 de la mañana del 7 de marzo, y en la escuela del Caraño hay votaciones para elegir al personero y al procurador estudiantil.

“Lo primero que deben saber es que este señor se llama protoboard, que en español traduce tabla de prototipos”, dice Luis Emiro desde el tablero, mientras explica una a una las partes de un kit de robótica que utilizan en clase para diseñar y construir aparatos electrónicos que hagan más fáciles y productivas las tareas del campo.

El protoboard que están usando los estudiantes es un rectángulo con una franja en la mitad que separa la zona positiva de la negativa, y sirve como matriz para conectar cables, resistencias, sensores, circuitos integrados, puentes, condensadores, fotoceldas y cualquier otro elemento que se necesite en los experimentos. Esta vez el ejercicio es sencillo. En grupos de a tres, los estudiantes deben diseñar y construir un dispositivo que prenda un bombillito de colores al juntar dos cables.

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“Este sueño empezó hace casi tres años -recuerda Luis Emiro- cuando un muchacho llegó triste a clase contando que el cultivo de caña de su familia se había perdido, porque la tierra tenía mucha humedad y se llenó de plagas”. En ese momento el profe y sus estudiantes decidieron diseñar un dispositivo que sirviera para medir la humedad del terreno y poder decir con certeza cuál era el nivel adecuado para los cultivos. “No fue tan difícil, encontramos planos y modelos en internet, conseguimos los materiales necesarios y lo replicamos. Primero lo probamos con los tomates, el cilantro y los pepinos de la huerta de la escuela, y después con la caña”.

El punto de quiebre de la Agromática como modelo pedagógico se dio cuando un estudiante fue al médico y lo examinaron con un pulsioxímetro en el dedo. Al regresar al colegio le dijo a Luis Emiro que quería hacer algo igual, pero esta vez para los árboles de su finca. Debía haber una forma de saber cuál era el estado de salud de las plantas con solo analizar sus hojas. Entre todos comenzaron a investigar, a revisar estudios internacionales, y después de leer un paper en chino, utilizando Google Traductor, encontraron que era posible diseñar un código HTML, que al hacer un barrido de luz blanca midiera en tiempo real los niveles de clorofila de las plantas. Llamaron a un amigo programador y se pusieron manos a la obra. “Cuando lo logramos, ¡oh sorpresa!, dice Luis Emiro con emoción, en el mundo no había nada parecido”.

“¡Nosotros también podemos crear conocimiento, nosotros también podemos hacer investigación!”, dicen los estudiantes. En ese momento, tomaron conciencia de que las cosas más difíciles se pueden hacer en cualquier espacio. “No necesitamos estar al lado de los edificios más grandes ni con la última tecnología, solo tenemos que dejar volar nuestra creatividad”.

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La segunda parte de la clase del profe Luis Emiro es al aire libre. Los estudiantes, que hace un rato estaban construyendo el circuito eléctrico en el salón, ahora conectan el agrómetro a la tierra húmeda de la huerta comunitaria. “Este aparato mide las cuatro variables esenciales para el cultivo: humedad del terreno, luminosidad, temperatura y humedad relativa”, dice Érica Trujillo, estudiante de noveno grado, mientras muestra los valores que aparecen en la pantalla del aparato.

Después del trabajo en la huerta, los estudiantes visitan el jardín botánico, el estanque de piscicultura y el cultivo de plantas medicinales de su escuela. Sobresalen allí el limoncillo para el dolor de cabeza y el “prontoalivio” para el malestar estomacal. La siguiente parte de la clase será en el río. El sol del mediodía acompaña a Luis Emiro y a sus alumnos por un sendero ecológico que comunica los últimos salones de la escuela con la orilla del Caraño, uno de los principales afluentes hídricos del Caquetá.

Lo primero que se ve al bajar al lecho es un piedra gigante, marcada con pintura blanca, que funciona como referente para medir el nivel del agua. Si el cauce supera cierto punto, hay que evacuar la escuela. El profe y sus alumnos se inventaron varios dispositivos para calcular el caudal del río y prevenir sus avalanchas.

El Guardíán1 utiliza un pluviómetro para medir la cantidad de lluvia: cuando es más alta de lo normal, prende un bombillo azul y genera una alerta. El Guardián2 puede calcular otras variables relacionadas con la fuerza y la velocidad de la corriente. Tiene un sensor en el río y otro en el salón de clase, conectados mediante un cable que provee energía y transmite los datos al computador. El Guardián3, la joya de la escuela, es inalámbrico; tiene un panel solar incluido, funciona con un radio transmisor que manda información al salón de clase. Y lo mejor: cuando las variables de caudal, fuerza y velocidad alertan que puede haber una creciente, este dispositivo activa de forma automática una alarma que suena en todo el colegio. El salón de informática de la escuela es, pues, centro de monitoreo de desastres naturales.

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El éxito de la Agromática como modelo pedagógico y la fama internacional de Luis Emiro como maestro no surgieron de la noche a la mañana. Son, al contrario, resultado de un proceso que comenzó cuando el profe era niño. “Luis Emiro fue muy calmadito. No era de esos que hacen pataleta. Siempre lo encontraba callado en su cuarto, entretenido leyendo o mirando por la ventana. Yo lo veía y le decía a mi marido, nuestro hijo va a ser filósofo”, recuerda su mamá, María Inés Gómez, una docente rural con más de 38 años de experiencia.

Luis Emiro nació en El Doncello, Caquetá, hace 36 años, y creció en Florencia, en un barrio del sindicato de profesores, rodeado del amor por la enseñanza y la pedagogía. “Desde chiquito recogía tapas, palos, huesos, piedras; se las llevaba para el cuarto y las coleccionaba. Para el papá y para mi eran costalados de basura, para él, era una forma de conocimiento”.

El libro favorito de Luis Emiro en su infancia fue la enciclopedia Lo sé todo. En ella conoció las historias de vida de Thomas Alba Edison, de Benjamin Franklin y Nikola Tesla, el precursor de la electromagnética. “Mi hijo estudió once años en la normal, desde preescolar hasta bachillerato, pero cuando estaba a punto de terminar el ciclo para graduarse como normalista decidió entrar a la universidad”, dice con un poco nostalgia la señora Inés. Luis Emiro le responde: “Yo quería estudiar electricidad y electrónica, pero en Florencia no existía ninguna carrera relacionada y mamá no quería dejarme ir a vivir solo a otro lado. Hice entrevistas en varias universidades del país y al final pasé a la Universidad de Cundinamarca, sede Fusagasuga. Allá estudié ingeniería electrónica y aprendí las bases de todo lo que les estoy enseñando a mis estudiantes”.

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Antes de regresar al salón, Luis Emiro y sus estudiantes van a la cochera de los marranos. También hasta esos garajes de cemento cenizo llegó la tecnología con su revolución.

“Desde que empezamos este proceso, los proyectos productivos del colegio están funcionando de una manera extraordinaria”, afirma sonriente Luis Fernando Poblador, un joven campesino estudiante de grado 11. “En los cerdos, por ejemplo, antes teníamos que lavar la piara todos los días porque cogía mal olor y estaba llena de moscas. Ahora usamos un método que se llama cama profunda; se trata de reutilizar material vegetal de la escuela para que absorba la humedad y transforme los desechos de los marranos en abono orgánico para la huerta, el jardín botánico y la lombricultura”. En este proceso los muchachos usan el medidor de pH para identificar el nivel de acidez o alcalinidad de la cama de los cerdos y saber si ya se debe cambiar.

A sus 19 años, Poblador reconoce que esta forma de aprender le cambió radicalmente el pensamiento. “Antes solo quería salir de la institución, buscar una universidad o hacer un técnico y conseguir un trabajo en cualquier empresa. En este momento, tengo la capacidad de no ser empleado sino empleador”, dice Poblador, mientras le pone la comida a los marranos.

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Érika Luna, profesora del área de gestión empresarial, explica que la escuela funciona con un modelo de educación cooperativa en el que los estudiantes se ayudan y se apoyan entre sí, no compiten. “Trabajo para que en el futuro los muchachos puedan ver los proyectos estudiantiles como unidades de negocio. No queremos que nuestros alumnos salgan del colegio a pasar hojas de vida, a luchar entre sí por un solo puesto. Queremos que tengan espíritu emprendedor, que sean dueños de sus propias empresas”, dice Luna.

La escuela del Caraño detectó, desde hace tiempo, una problemática que se repite en la mayoría de estudiantes rurales de la región. Además de una profunda brecha digital y tecnológica frente a los jóvenes de la ciudad, existe un fenómeno al que la academia llama deprivación sociocultural, y que consiste en que los alumnos del campo no pueden competir con los de la zona urbana porque se sienten inferiores. Al migrar a las ciudades se dedican entonces a hacer labores de fuerza y no de inteligencia, se convierten en mano de obra barata.

Por esta razón -insiste Luis Emiro- hay que cambiar la idea de que la tierrita es inútil. “Una pequeña parcela es una empresa en potencia que podría producir mucho más dinero que si la venden y compran una moto para irse de mototaxistas a la ciudad, como pasa con muchos jóvenes apenas terminan el colegio. En últimas, para hacer consciencia de esta situación es que debe servir la agromática”, dice el profe.

El trabajo de Luis Emiro muestra que la ciencia y la tecnología aplicadas al campo son una alternativa real para reducir esta brecha y dignificar y mejorar la calidad de la educación rural. Así lo reconocen los jurados del Global Teacher Prize Concert: “Ramírez ha encontrado una manera de hacer que las percepciones de los estudiantes sobre su hogar rural cambien (…) Algunos de los inventos de clase se han convertido en pequeñas empresas, generando una nueva fuente de ingresos para las familias campesinas. El éxito del programa Agromática se ha traducido en un mejor desempeño en todos los ámbitos. Al tercer año de su implementación, los resultados de la escuela están entre los mejores del municipio y los más altos de todas las escuelas rurales. En el último año, 26 exalumnos de Ramírez entraron a la universidad, muchos más que nunca”.

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Luis Emiro y sus estudiantes dejan atrás las cocheras de los cerdos. El día ha sido largo, es hora de regresar a casa. Los muchachos se van caminando, a caballo o en bicicleta. Los más afortunados tienen ruta. Emiro llega a su nuevo hogar, a cinco minutos del colegio, almuerza con su esposa y con su hija de tres años y sale para la Universidad de la Amazonia. A las cuatro de la tarde tiene que dictar clase de matemáticas 1 a los estudiantes de ingeniería forestal. En la casa se quedan el perro Tobi, los canarios y los conejos. Al fondo se oye el rumor del río.

Durante el trayecto hasta Florencia, Emiro cuenta que en su proceso pedagógico no todo ha salido bien. “Me acuerdo mucho de una experiencia desastrosa que tuve cuando dictaba clase en el colegio Leonardo Da Vinci de San vicente del Caguán.Un día me arriesgué a hacer una fiesta dentro del salón. La actividad se llamaba Tecnorumba. Cerré las ventanas de la sala de sistemas, aproveché mi videobeam, traje a un alumno que era DJ, conseguimos las luces, los parlantes y armamos una rumba electrónica en el salón. La idea era que mientras el DJ iba dando información sonora de lo que yo quería que los muchachos aprendieran, yo proyectaba los mismos mensajes en la pantalla para que tuvieran dos percepciones distintas del mismo tema. Un artículo que había leído decía que la actividad sería un éxito, pero no. La sorpresa fue que cuando les hice el examen no habían aprendido nada”.

La labor pedagógica del profe Emiro con los estudiantes de ingeniería no se compara con la complicidad que tiene con los alumnos de su colegio. Sabe que en la universidad transmite conocimientos, pero que en la escuela ayuda a cambiar vidas. Por eso, a pesar de los premios que ha obtenido últimamente con la Agromática, quiere quedarse muchos años en el Caraño.

En el 2017, recibió el reconocimiento a mejor práctica pedagógica de la región Amazónica, entregado por la ministra de Educación y el Presidente de la República. Meses después viajó con algunos estudiantes a Brasil para participar en la feria de ciencia e innovación más importante de Suramérica y también fue con un grupo especial de docentes a Corea del Sur. En 2018 obtuvo el premio a mejores prácticas de usos y apropiación de las TICs. Sin embargo, para el profe Emiro la mejor noticia la recibió el pasado 13 de diciembre, cuando supo que había sido seleccionado entre los mejores cincuenta profesores del mundo. Esta seguidilla de condecoración fue posible gracias en parte al programa Ondas, de Colciencias. El profe y sus alumnos están muy agradecidos, y reconocen que esa fue la primera vitrina que tuvieron para mostrar su trabajo; Además, recibieron apoyo pedagógico y presupuesto para avanzar en las investigaciones.

“La vara se pone alta este año: hay que hacer un doble esfuerzo. Ya no nos queremos dedicar a combatir las plagas y las enfermedades. Ahora queremos trabajar en el campo de predicción para agricultura. ¿Por qué? porque en Colombia muy pocos están tratando de saber con anterioridad lo que le puede pasar a un cultivo. Para nosotros es muy triste escuchar a los campesinos decir que perdieron 10 o 12 millones porque se le quemó el cacao, cuando sabemos que esos desastres se pueden prevenir a través de la tecnología, por ejemplo con el uso de internet de las cosas”

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Al igual que su mamá, el profe Emiro está convencido de que al entrar al aula él tiene que ser un alumno más. “Lo primero que debo hacer es aprender del conocimiento que traen los estudiantes y ponerme en sus zapatos para ver en dónde está su motivación; eso me ayuda a adaptar mi saber a las condiciones particulares de la región”.

Parar la mamá de Luis Emiro, parar sus alumnos y para las personas de Florencia que lo saludan en el supermercado o en el cine, Luis Emiro es ya él el mejor profesor del mundo. No importa qué decisión tome el jurado.

Foto: El río es el salón de clase preferido de los estudiantes del profesor Luis Emiro Ramírez, seleccionado como uno de los cincuenta mejores profesores del mundo. Archivo Particular

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