: (Español) El arte rupestre que conecta el Orinoco con la Amazonía

(Español) El arte rupestre que conecta el Orinoco con la Amazonía

Fri December 29th, 2017

 

Arqueólogos retrataron las pinturas rupestres del medio río Orinoco con un detalle nunca antes logrado para contestar una vieja: ¿cómo se relacionaron las culturas amazónicas, con las de los Llanos, las guyanesas y las de la Orinoquía antes de la llegada de los españoles? ¿Será el arte rupestre de ese lugar suficiente para responderla?

El río Orinoco nace en Venezuela, en el estado de Amazonas, y hace de frontera con Colombia cuando se junta con el río Guaviare hasta el río Meta, muy cerca de Puerto Carreño, en el departamento del Meta (Colombia). Aunque la mayoría del río es navegable, hay un punto en donde se vuelve imposible por la fuerza y velocidad de la corriente, los Rápidos de Atures. Por eso los cronistas, misioneros y científicos que recorrieron el río hace más de cuatro siglos pudieron avanzar hasta ese punto. Gracias a sus diarios y los testimonios de viajeros como Alexander Humboldt, el famoso biólogo y geógrafo alemán que pasó por allí en 1810, sabemos esto: en este último tramo navegable de río se encuentran unas de las muestras de grabados y pinturas rupestres más grandes y numerosas de Suramérica. Por lo menos 100 pinturas y grabados, algunas de hasta 30 metros de largo y otras de apenas centímetros, de distintas figuras y técnicas se han identificado y clasificado en una zona de 750 kilómetros. Hay otras pinturas río arriba, cuando el río Meta desemboca en el Orinoco, pero nunca tantos ni de tal tamaño.

Por esa razón arqueólogos y etnólogos sospechan desde hace unos 50 años que el Medio río Orinoco, en particular la zona de los Rápidos de Atures, fue uno de los “centros” de interacción, conexión y conflicto de los antepasados que habitaron el río Negro (que en Colombia es el río Guaviare), la Amazonía, las Guyanas y los Llanos venezolanos y colombianos.

Pues bien, desde 2015 y tras 5 décadas de sospecha, los científicos se han acercado a una respuesta. Ese año, un equipo de arqueólogos del Instituto de Arqueología de la Universidad College de Londres (UCL) emprendió el “Proyecto de Arqueología Reflexiva de la Isla de Cotúa-Orinoco” para entender cómo se conectaron tantas regiones distantes entre sí durante los dos milenios anteriores a la colonización española. Durante los últimos 3 años han pasado casi 4 meses y medio en Venezuela haciendo trabajo de campo, y el resto en laboratorios de la UCL haciendo pruebas de carbono para determinar la edad de ciertas piedras, o documentándose para saber exactamente dónde buscar, basándose en los testimonios de viajeros.

En febrero de 2016, cuando el equipo hizo la segunda expedición, los periódicos anunciaban el fenómeno del Niño como uno de los más fuertes en la historia del planeta. Colombia perdió hectáreas de bosque del tamaño de Cali gracias a los incendios forestales causados por la sequía. Mientras, el río Orinoco alcanzó su cauce mínimo en 10 años y paradójicamente, parte de los grabados que nunca antes habían sido documentados emergieron del agua. “En 2015, cuando fuimos por primera vez, fue imposible ver la mayoría de los petroglifos por la fuerza de la corriente de los rápidos. Al otro año, El Niño nos reveló mucho más”, dice Philip Riris, arqueólogo de la UCL que trabaja con culturas precolombinas latinoamericanas desde 2007, y uno de los investigadores del proyecto, cuyos resultados aparecieron por primera vez en la revista Antiquity.

Hay que tener en cuenta que estas rocas son grandes, de más de 10 metros de altura, son lisas y casi imposibles de escalar. Además, los grabados de más de 5 metros cuadrados de longitud, dificultaban la tarea. ¿Pero cómo fue que los arqueólogos lograron uno de los retratos más fieles del arte rupestre en Suramérica? Un dron Phantom 2 Vision, que los arqueólogos de todo el mundo han incorporado en sus investigaciones desde por lo menos 2014, fue la respuesta. El dron tomó las fotografías, las juntó y escaló, lo que resultó en las fotografías de más alta resolución jamás tomadas de los paneles de piedra. También mapearon la textura para poder registrar cómo se habían hecho, si por incisión, picoteando, escarbando.

“Encontramos dibujos de pulidores de hachas que nunca habíamos visto. En la Isla Picure vimos 56 y otros 93 motivos entre figuras humanas, figuras geométricas, puntos, dibujos de herramientas. Por fin pudimos determinar que hay 8 grupos principales de arte rupestre en los Rápidos y 209 muestras entre grabados y pinturas”, explica Riri. En efecto, lograron documentar pinturas que nunca en 200 años de documentos, habían aparecido.

Cerca de los Rápidos, sitios que ya han sido explorados y documentados como Cerro Pintado y Cerro Paloma, que son tierra firme, tienen algunos de los petroglifos más grandes conocidos en el norte de América del Sur. Una de las seguridades –dentro de las pocas que se han logrado levantar– es que la producción de grabados a una escala tan monumental como esta es un fenómeno aparentemente único del Medio Orinoco, y estos motivos comparten elementos estilísticos con los Rápidos.

Todo lo anterior ilumina una sospecha que lleva dando vueltas en los papers de arqueólogos desde hace 50 años, y que gracias a las nuevas tecnologías –y paradójicamente, al fenómeno del Niño– están más cerca de responder: ¿este punto geográfico fue clave para las culturas indígenas amazónicas, del llano, guyanesas y del Orinoco? Según Riris, se necesita mucha más información para determinar su “lugar” en la historia de las culturas indígenas. “Yo sugiero que los grabados revelan que hubo normas y valores compartidos a lo largo del río Negro, las Guyanas, y el Orinoco. Los Rápidos de Atures tienen una alta concentración de pintura rupestre, lo que sugiere que fueron muy importantes en el pasado”.

Según el arqueólogo, son tantas y tan diversas que ha sido complicado determinar cuándo se hicieron. “Las figuras circulares, por ejemplo, tiene entre 8532 y 7836 años de antigüedad. Las líneas tienen datan del año 2500 al 700 AC. Son distintas. También encontramos tanto en excavaciones en zonas de la Amazonía como aquí, rosarios y cruces de cerámica. La autoría, como la edad, suele ser muy difícil de determinar con el arte rupestre grabado y pintado”

En el caso de los grabados “modernos”, por ejemplo, las cruces cristianas o la escritura en el alfabeto latino, es relativamente claro que se hicieron después del contacto europeo con las Américas (1492 dC). En el trabajo de campo, según cuenta el arqueólogo, encontraron una gran cruz grabada al lado de 7 otras figuras que podría datar del siglo XVI. Una muestra del compromiso de los misioneros con los recuerdos y lugares nativos en ese momento.

Sin embargo eso no fue lo que les llamó la atención. El grabado de una figura masculina tocando flauta resaltaba entre las 209 figuras que encontraron los investigadores. El mismo flautista había sido visto por sus colegas a lo largo de 50 años de investigación en las cuencas del Alto río Negro, en Vaupés, Amazonía colombiana, y en el río Isana, en Brasil. Solo podía referir al complejo mito del Yuruparý.

“Esta práctica ha sido ampliamente documentada por antropólogos en muchos lugares de Brasil y Colombia. En el estado de Amazonas, por ejemplo, los Piasora practican una variación del Yuruparý llamado Warime. En 2012, arqueólogos brasileños identificaron grabados posiblemente relacionados con estos rituales en la región de Río Negro, y creo que el flautista en los grabados de Atures puede reflejar esto también. Si bien es posible que estas comunidades nunca se hayan conectado directamente, la arqueología sugiere que las culturas muy separadas en el espacio tenían formas similares de expresar ideas sobre el mundo”, explica Riri.

Según el arqueólogo venezolano Alexander Mansutti, “esos ritos son estacionales, masculino, y su objetivo es proteger la unidad familiar, garantizar una producción agrícola prolífica y restablecer el orden cosmológico”. Lo era antes y lo es hoy en las comunidades en donde pervive. Incluso, según la investigación, el flautista del panel es único porque se puede vincular a prácticas indígenas que aún hoy sobreviven, y que además demuestran que quienes las hicieron conocían los ciclos del río. Precisamente, cuando las islas son más accesibles y el flautista “se asoma”, es justo antes de la estación húmeda, cuando se produce la cosecha de mandioca.

Pero, ¿cómo esto responde la pregunta sobre quiénes éramos antes de la llegada de los españoles? Mientras que las similitudes en los estilos del arte rupestre del Orinoco y la Amazonía están ya documentadas desde hace más de 30 años por varios investigadores, esta es la primera vez en que se pueden establecer relaciones en términos de creencias indígenas y sus variaciones, incluso se puede hablar de prácticas compartidas.

De acuerdo con el estudio, algunos antropólogos y arqueólogos sostienen que las pinturas por ser tantas y tan diversas son suficientes para decir con seguridad que los Rápidos de Atures fueron un “centro de interacción” de mitos, ideas y creencias entre la Amazonía y el Orinoco. Pero Riri cree que falta información: “Sí, la diversidad de motivos en los grabados y el flautista mismo son prueba de la centralidad del Orinoco Medio. Pero aunque los “estilos gráficos” sean parecidos, nos queda pendiente vincular las regiones vecinas a los Rápidos a través de análisis más serios como modelados 3D o análisis de carbono. El Orinoco Medio es una región históricamente poco estudiada de Sudamérica. Nuestro trabajo es una pequeña parte de este rompecabezas”.

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